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Chuchos en mi vida, parte 1

De la muerte del Bonsito y del Canchito han pasado 8 años y 7 años respectivamente, y sin embargo, mi corazón sigue amándolos, aunque ahora sean ángeles del otro lado del puente del arcoiris.

 

Lo habíamos esperado con ansias, mi hermana y yo. Antes de conocerlo, jugábamos con su versión “imaginaria” (aunque en esa versión se llamaba Lanitas) y juro que podía verlo correr.

A pesar de que tanto mi papá como mi mamá eran chucheros, en ese momento no teníamos perro. Y mi hermana y yo nos moríamos por uno.  Debimos insistir bastante porque un 14 de diciembre de 1993 llegó mi papá del trabajo con una bolita negra y peluda entre los brazos: era nuestro Bonsai. Así sugirió mi abuelito que lo llamáramos porque no crecería mucho.  Y desde ese día en adelante nuestro Bonsito fue una parte muy especial de nuestra niñez, que terminaría pronto para mi,  y de nuestra adolescencia.

Un año después, para la tradicional quema del diablo del 7 de diciembre, por un descuido, el Bonsi se salió alborotado y enojado por tanto ruido de los cuetes y de la gente. Fue la primera vez que mi hermana y yo lloramos muchísimo. Nuestro perrito se había perdido y se nos quebró el corazón.

A manera de consuelo, nos regalaron otro perrito, de la misma raza (French Poodle) a quien llamamos Canchito. Debo decir que siempre me quedé con una basurita de culpa en el corazón porque yo no le presté atención al Canchito cuando llegó siendo una bolita amarilla. Yo solamente podía llorar por el Bonsi, al igual que mi mamá que estaba desconsolada. Se ofreció recompensa y llenamos los postes de la colonia donde vivíamos de su carita. Nada. Pasaron los días y empezamos a aceptar que no regresaría.

Pero el 25 de diciembre, a las 5 de la mañana, el Bonsi golpeaba la puerta desesperado pidiendo que lo dejaran entrar. Llegó enfermo, deshidratado y con fiebre. Lleno de mozotes y ansioso. Pero estaba en casa. Después de una hospitalización de un par de días, el Bonsi y el Canchito fueron nuestros perrhijos por más de 16 años.  El Canchito, siempre más débil y enfermizo, vivió casi 16 años y el Bonsito llegó casi a los 18 años de vida. Su corazoncito no resistió mucho tiempo después que el Can muriera.

Sin embargo, si llegó a conocer a mi Bowie, esa hermosa peluda que AMA rescató de las calles de Mazatenango gracias a Ita, una colaboradora que le dio una oportunidad como hogar temporal.

Decidimos darle la oportunidad a una rescatada cuando el Canchito murió, porque no queríamos que el Bonsito estuviera solo, y para ese entonces eramos voluntarias de AMA y eso de “adopta antes de comprar” nos caló. Así que la Bowie llegó a nuestra vida y vivió esa transición entre el ciclo del Bonsito y su ciclo. Porque un par de años después ella misma tendría su manada: primero llegó el Pepe, luego la Botoneta y por último la Lupita. 

De la muerte del Bonsito y del Canchito han pasado 8 años y 7 años respectivamente, y sin embargo, mi corazón sigue amándolos, aunque ahora sean ángeles del otro lado del puente del arcoiris. Estoy segura que nos visitan y que algún día, en algún plano o dimensión, los voy a ver de nuevo.

 

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